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Cristeros y santos



El 19 de abril de 1927, en la estación de Limón, Jalisco, un batallón cristero detiene un tren, de donde hacen bajar y fusilan en el acto a 42 soldados del gobierno, desatando una cacería por toda la región. Las refriegas habían empezado un año antes con muy poca piedad de ambas partes. Sin embargo el pretexto –o el contexto- era Dios, la religión y su histórico discurso del perdón y la gracia, que afortunadamente prevaleció en algunas regiones del país, como Puebla, al menos de uno de los lados.

Muchos poblanos se adhirieron a la causa religiosa, tomaron misa clandestinamente y simpatizaron con los Cristeros alzados en Jalisco, Guanajuato, Colima y Michoacán. Participaron en el boicot para crear una crisis económica, según la versión del gobierno. Duraron tres años aquellas hostilidades, hasta que en 1929 se hicieron acuerdos, la Iglesia reanudó el culto y el ejército de los Cristero se rindió.

En ese ambiente de heroísmo que involucraba al misticismo y desataba la imaginación de los creyentes, muchos actos heroicos fueron confundidos con virtual santidad, como fue el caso de un sacerdote de la Iglesia de Jesús en la ciudad de Puebla que destacó por su valentía, al ofrecer misas clandestinas ahí donde se lo pedían, disfrazándose de obrero para no ser reconocido, pues pronto hubo precio a su captura.

Judith Cid era una niña cuando el padre Cedeño hizo sus milagros en plena Revolución. Ella lo recuerda, claro, como un santo:

“Nos platicaba mi mamá que una criada que llevaba una vajilla china, un jueguito chino de porcelana, que se cae y se le rompe,.. la muchacha estaba llorando y viene el padre y la encuentra ahí. Por entonces era el colegio del Espíritu Santo, la Compañía. “¿Qué te pasa?” Ay, mire padre, ya rompí esto. Dicen que cogió los pedacitos, se los acomodó, se los cubrió con la servilletita y le dijo: “tú ve, los entregas y le dices que se te rompieron”. No padre... “Tu ve y entrégalos”. Y que va y las tacitas estaban enteras. Dicen que él hacía milagros. Era el padre Cedeño, así se apellidaba, no me acuerdo su nombre. Entonces, todo lo que ve usted que está en la Compañía, el padre Cedeño lo hizo, todo eso de los techos, como estaba con su overol no lo reconocieron, porque si lo hubieran reconocido, pues yo creo que sí lo hubieran hasta mandado matar, porque era... decían las gentes que era un santo. Y eso platicaban. Ahí hice yo mi primera comunión, en la Iglesia de la Compañía, junto a mi hermano, los dos, pero era ese señor Calles malo.”

“Sí, conocí al padre Cedeño. Era un santo, sí, era un padre viejecito, muy hermoso y en esos años nos decía a todos: “no, no es pecado eso...” Padre, que vimos esto, que nos fuimos allá. “No, no es pecado, no”, decía. Ay padre, fuimos al cine a escondidas. “No, eso no es malo, ustedes digan en sus casas que van al cine, por qué tienen que esconderse.” Padre, que no nos dejan. “Ustedes díganles a sus papás que tienen que ir. No digan mentiras.” Sí, era un padrecito muy bueno. Pobrecito, se murió. Y ¡uh!, fue una cosa hermosísima cuando se murió el padre Cedeño. Lo velamos ahí en la Compañía. No en la iglesia, en la capilla de adentro, donde estaba el Santísimo. Había monjas, y nos llevaron a todos, toda la escuela no, unas cuantas nada más estuvimos en el velorio. Ya en el entierro sí nos llevaron a todos al panteón. No me acuerdo de qué moriría, pero confesaba muy hermoso, muy bonito.”

Amén.









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