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Heridas abiertas


En los años ochenta tuve la oportunidad de vivir en carne propia los rezagos de una antigua guerra entre Chile y Perú, estallada el 5 de abril de 1879. Vivíamos en la Villa Olímpica y casi todos éramos estudiantes de la escuela nacional de antropología, por lo que esta unidad habitacional hecha especialmente para las olimpiadas de 1968, que estaba más o menos enfrente, resultaba ideal. En ese momento la villa estaba habitada por una gran cantidad de exiliados sudamericanos, especialmente argentinos y fue por esa vía que el Quelo (bonaerense profundo) consiguió uno de los departamentos, si mal no recuerdo, del edificio 32, que estaba al fondo de la habitacional. Eran enormes, por lo que precisaba subarrendar las recámaras con baño y organizar en la medida de lo posible una cocina y una sala común. El Pulgón, chilena ella, que era su mujer y compañera mía en la escuela, me conectó y muy pronto me vi viviendo ahí. Frente a mi recámara había una pareja de peruanos, también amigos míos, en otra un bailarín ecuatoriano y su pareja, un cantante peruano, e intermitentes una pareja de francés y chilena que llegaban y se iban en sus viajes por el sureste y Centroamérica. Vino también una sobrina francesa y una buena temporadita de un par de compatriotas más que llegaron a engordar el caldo. Fiel seguidor de la doctrina Estrada yo, como único mexicano, traté de que prevaleciera la armonía bajo el lema juarista de “el respeto al derecho ajeno es la paz”, que funcionó un tiempo, pero que más pronto que tarde comenzó a hacer agua por un viejo litigio que por supuesto no comprendí, no compartí y en donde fue poco lo que pude hacer: la guerra del Guano y del Salitre de 1879, que dejó profundas grietas en el ánimo irreconciliable de los peruanos con sus vecinos los chilenos (ahora apoyados por Argentina y Francia) y con un México neutral.


El 5 de abril de 1879 estalla la llamada Guerra del Pacífico, en la que Chile enfrenta a Bolivia y Perú por la posesión de una franja de ricos yacimientos cupríferos. El disciplinado ejército chileno vence a sus rivales, con lo que Perú pierde el sur de su territorio, en tanto que Bolivia pierde su acceso al mar.


Desde mediados del siglo XIX el descubrimiento de guano y salitre en el desierto de Acatama que fue explotada por empresarios chilenos e ingleses, amparados en tratados tripartitas entre Chile, Perú y Bolivia que discutieron sin demasiada exactitud los límites territoriales de cada quien, pues aquí las versiones difieren según quién te lo cuente.


Con el tiempo, los tradicionales golpes de Estado en esa región dieron al traste con los endebles acuerdos, desconociéndolos o tratando de reconfigurarlos. La mecha se prendió cuando Bolivia, que veía como sus riquezas se derramaban hacia el sur, condicionó las cosas a un impuesto de 10 centavos por quintal del salitre exportado por las compañías chileno-inglesas. Chile adujo que violaba un artículo del tratado y esto provocó un conflicto diplomático de pronósticos reservados. Chile hace presencia con su armada frente a la bahía de Antofagasta ante los reclamos de Bolivia, que por su parte exige a Perú que cumpla con un tratado de defensa recíproca y lo ayude ante el inminente enfrentamiento. Perú intenta la diplomacia pero fracasa. Chile ocupa Antofagasta y el 5 de abril declara la guerra a Bolivia y Perú.


La guerra estalla y durará cuatro años, lo mismo en el mar entre las armadas chilena y peruana, que en tierra con los bolivianos en Tarapacá, Tacna y Arica. Al poco se retira Bolivia derrotada, Perú resiste pero en enero de 1881 el ejército chileno entra a Lima, la capital. Lo que siguió fue el largo epílogo de esta guerra hasta la firma del tratado de Ancón, el 20 de octubre de 1883. Perú pierde dos provincias del sur y Bolivia su salida al mar, además de que los tres países contribuyeron con su cuota de muertos para juntar entre todos unos 25 mil.


En la Villa Olímpica nadie murió, afortunadamente, pero todos perdimos. El litigio terminó cuando los habitantes de aquel departamento fuimos puestos de patitas en la calle. No me fue difícil acomodarme en otro edificio en circunstancias más o menos iguales, lo difícil fue entender que el resentimiento dure tanto tiempo, que las cicatrices de una pérdida tan dolorosa como la peruana y la boliviana, simplemente, nunca podrán sanar.


Mi amistad con todos ellos pervive a pesar de los años, ya cada quien su país de origen, pero por separado. Un abrazo a todos, por separado.






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