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Tres tristes tigres



El 19 de junio de 1867, a las seis de la mañana, cuatro mil hombres formaron cuadro en el Cerro de las Campañas, a las afueras de Querétaro. Los célebres reos, Maximiliano, Miramón y Mejía, esperan pacientemente su ejecución.

Maximiliano está exultante, casi podría decirse que feliz. Mira el sombrío semblante de Miramón y de Mejía y hace lo posible por animarlos:

- ¡Qué hermoso día, Miramón! así lo había deseado siempre para el día de mi muerte. Ahhh... pido al señor Juárez que nuestra sangre sea la última que se derrame, y que su triunfo lo consagre a la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera estable la paz y la tranquilidad de este país infortunado.....

Miramón le responde por deferencia, pero en realidad está pensando en otra cosa. La belleza del día lo tiene sin cuidado.

- Así es, Excelencia. –Se dirige luego al jefe del pelotón- ¡Oficial!

- Dígame, general Miramón.

- Es lícito...¿y es posible despedirme de mi esposa?

El militar lo mira desconcertado. Su esposa Concha no está aquí, ni siquiera se halla en Querétaro. Le responde arrastrando las palabras:

- Ella... no está aquí, general.

- Pero está Dios, está usted... y yo tengo su retrato.

Tras una pausa meditabunda, calculando el alcance de su decisión, el oficial responde mientras alza los hombros:

- Siendo así... hágalo, general.

Miramón le habla a un retrato que sostiene en su mano. Su mirada, como su voz, es dulce y emocionada.

- Adiós, Concha, hija mía; Dios te bendiga en unión de mis hijos; adiós hasta la eternidad....

Desde la cima del Cerro de las Campanas se observa un vasto panorama abigarrado; árboles, fusiles, rostros de piedra; la torre de la cruz, la silueta sombría del convento y el confuso caserío extraviado en el amanecer.

El jefe militar comprueba en su reloj que ha llegado la hora. Sin demasiadas ceremonias, pero con solemnidad, se dirige a sus célebres reos:

- Excelencia… generales… por aquí, por favor.

Maximiliano se adelanta un paso. Cualquiera diría que se dirige a un desayuno en su honor.

- Vamos...

Los tres hombres son escoltados hasta un muro de piedra maltratado donde se realizan los fusilamientos. Una morbosa muchedumbre de rancheros, niños y perros los sigue silenciosa. Maximiliano se acomoda en el costado izquierdo, Miramón le reclama con humildad.

- Por favor, Emperador, usted en medio....

- No, Miramón, un valiente debe ser admirado hasta por los monarcas. Hágame ese favor... Y usted, Mejía, recuerde que lo que Dios no premia en la tierra lo premia en la gloria.

Luego se dirige al jefe militar

- ¿Oficial ?

- ¿Sí, Excelencia? –el hombre está emocionado. Inicia un intento de disculpa- Quiero que sepa que siento mucho lo que....

Pero Maximiliano lo interrumpe.

- Nada... nada tengo que perdonar; un oficial cumple con su consigna. Agradezco en el alma los generosos sentimientos de su corazón, y me complace manifestarle que lo aprecio.

- ¿Desea agregar algo... ?

Maximiliano mira las nopaleras que bajan la suave cuesta del cerro de las Campanas. La emoción borda lágrimas en sus ojos azules.

- Mexicanos: voy a morir por una causa justa, de la independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi buena patria. ¡Viva México !

La única respuesta a su breve discurso es el viento. El jefe militar espera unos segundos por si el emperador defenestrado quiere agregar algo, pero Maximiliano se observa el pecho, como si su casaca tuviera una manchita fuera de lugar. El jefe se dirige al general Mejía.

- General Mejía, ¿quiere decir algo?

De nuevo el viento es la respuesta. Se dirige a Miramón.

- ¿General Miramón ?

- Sí, oficial. Mexicanos: en el Consejo mis defensoras quisieron salvar mi vida. Aquí, pronto a perderla, cuando ya no me pertenece, cuando voy a comparecer ante Dios, protesto contra la nota de traición que se ha querido arrojarme para cubrir mi sacrificio. Muero inocente de ese crimen, y perdono a los que me lo imputan, esperando que Dios me perdone, y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos, haciéndome justicia. ¡Viva México !

El militar levanta su espada.

- Pelotón, ¡preparen !

Maximiliano, de buen humor, no resiste hacer una especie de broma, algo macabra, dadas las circunstancias.

- Apunten bien al corazón...

- Apunten... ¡Fuego... !

Los poderosos fusiles de manufactura francesa arrojan sus esputos de plomo y cubren la distancia de seis metros en una fracción de segundo. Arriban plenos a los pechos henchidos de Maximiliano, Miramón y Mejía, que caen sobre la tierra levantando una efímera nube de polvo. Terminaba una era y empezaba otra.

Durante todo el día hubo un ambiente enrarecido en cada rincón del imposible imperio.









Comentarios

  1. Lastima que no triunfo el imperio, porque la republica es un fracaso desde juarez a Peña nieto, viva el emperador

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