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Mortal al final de cuentas


A principios del mes de junio de 2009 el mundo recibió con un bostezo el anuncio de una nueva gira del rey del pop, Michael Jackson, luego de diez años de silencio musical pero mucho barullo en torno de una vida disipada y difícil como debe ser la de un semidios de quien el mundo está perpetuamente pendiente, con una curiosidad humana que no tiene llenadera y cada vez más interesada en los detalles morbosos y repulsivos de sus ídolos. Es decir, por una década Michael no había vuelto a darnos una alegría visual o auditiva y sí muchas preocupaciones sobre su mansión de cien millones o los niños de trece que lo enloquecían; cuando no amenazaba con tirar un bebé por la ventana se mochaba un nuevo pedazo de nariz, compraba un terreno en Júpiter o alguien llenaba sus brazos de dorados Grammys.

Así estábamos cuando, sorpresivamente, la mañana del 25 de junio de 2009 Michael Jackson sufrió un problema cardiorespiratorio y murió. ¿Cómo es posible? O mejor, ¡no es posible! Claro que sí. El doctor Conrad Murray ganaba 150 mil dólares mensuales por llenar al astro de propofol, un agente anestésico que se usa en cuidados intensivos, que le quitaba cualquier resquicio de dolor, pero que a sus 51 años su cuerpo no lo pudo soportar. Aunque fue atendido por el 911 solo nueve minutos después del colapso, Michael murió en el hospital Ronald Reagan UCLA Medical Center de Los Ángeles, California, a las 14 horas con 26 minutos. No era posible. Que sí.

Quienes lo conocimos en una película de miedo más bien mala por allá de 1972, llamada Ben, la rata asesina, recordamos al pequeño Michael cantando inopinadamente una bonita canción llamada Ben y dedicada a una rata espantosa que comandaba a dos millones de homólogas bajo las calles de Nueva York; nunca imaginamos que ese simpático y agraciado negrito, que era parte de un conjunto musical de hermanos llamado The Jackson Five, se convertiría en el Rey del Pop, un monstruo estadístico que diez años después devoraba un mundo con cifras (de dólares, de espectadores, de discos) de millones y miles de millones.


Tras la publicación de Thriller en 1982 supimos que fue el disco más vendido de la historia y que lo siguieron otros discos que también figuran entre los más vendidos de todos los tiempos; en total vendió 400 millones; recibió 400 premios; quince Grammys, fue el artista más donador de dinero para causas filantrópicas; su autobiografía vendió 500 mil ejemplares y su funeral lo vieron dos mil millones de personas por televisión. Solo en 1989 ganó la friolera de 125 millones de dólares y su video Thriller, el primer musical de horror, con sus muertos bailantes, fue considerado como el mejor vídeo musical de todos los tiempos.


Pero el día de hoy estaba ahí, tieso, como cualquier otro despojo humano que ha caducado, incapaz de hacer su famoso pasito lunar (moonwalk) que retomó de algún lugar del teatro y de la mímica, o de producir su famoso sonido musical que mezclaba tan armoniosamente el rhythm& blues, el soul, el funk, el disco y el dance. Eso que yacía en el piso de esa fastuosa mansión alquilada y después en aquella camilla común era el frágil equipo, humano demasiado humano, de la estrella del pop más exitosa de la historia.

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