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Fan en fin


Mi presencia ese miércoles 15 de febrero de 2006 en el estadio Azteca me investía técnicamente como un fan, tenía cuatro de los 140 mil preciados boletos para uno de los dos conciertos. Debo aceptar que, en apariencia, era un fan más.

Pero internamente no. No sentía ni siento nada especial por Bono que me clasifique como un fan, me gusta su música como me gusta Jimi Hendrix, Pink Floyd y Lila Downs y mi presencia ahí fue meramente circunstancial, motivado por las tres fanáticas (esas sí) que tenía en casa, empático con las negociaciones de Bono con líderes mundiales para renegociar las deudas de países pobres, que un año antes (2005) concluyó con la suspensión de los compromisos de dieciocho países, fundamentalmente africanos, que incluyó a Bolivia de este lado del mar. En fin ¿era un fan?

Eva, mi madrina virtual, que vive con el corazón en la mano –y es fan absoluta de U2-, compró en Texas dos boletos para el DF de una devolución de 70 localidades e intercambió telefonazos con Martha, su mamá en la CDMX, para que comprara otros dos, siempre pensando cariñosamente en las cuatro partes que componen la familia de la que soy fracción.

Intercambió después comunicación conmigo y me envió en pdf los boletos del concierto que yo tendría que imprimir. Busqué hacerlo en la oficina, pues es una impresora de mayor capacidad, pero terminamos imprimiéndolos en casa porque no había tinta allá, ni acá tampoco, por lo que terminé comprando un cartucho de tinta pirata que venden en una plaza de la tecnología, garantizadas por tres días.

La impresión resultó magnífica. Ante nuestros ojos fueron apareciendo los dos impecables boletos que ocupaban cada uno una hoja completa. Con diez mil instrucciones, anuncios y toda clase de información. Lo más importante, el código de barras, se imprimió perfecto. Era el boleto más grande de mi vida. Y tal vez el más caro aunque, como dije, yo no los pagué. Tamaño carta. “Cárguelo como cualquier boleto, cuídelo como a su dinero”, decía en letras verdes. Y yo me imaginaba cómo llevaríamos dos boletos tamaño carta, en papel bond común y corriente, sin que se arrugaran, desde Puebla hasta el estadio Azteca.

Los cuatro imaginábamos de muchas formas el escenario del concierto que empezaba con un viaje de dos horas a la ciudad de México y posteriormente al estadio en el sur de la ciudad. Durante una semana las otras tres entidades familiares fueron entrando sucesivamente a un estado de histeria, de estrés, de melancolía, que el día del evento terminó en un estado de éxtasis colectivo.

Estadio Azteca, 23 horas. Luz, de casi 16 años, Teresa, desarrollando sus doce, y Malú, la madre, de idéntica edad que la estrella (¿dios?) de rock y de sus corazones. La entrada fue sencilla, teníamos el aspecto de una familia sin complicaciones. Igual fui despojado de mi pluma Bic y no recuerdo de que otra cosita que podría ser tomada como un posible proyectil, aunque nos permitieron el ingreso de encendedores (forman parte de la coreografía de la masa, me enteré después), que pueden ser un proyectil muy eficaz.

Dentro del estadio la multitud rugía. Teníamos boletos de cancha, el escenario se levantaba a unos treinta metros de nosotros, enorme, espectacular. El viaje desde Puebla había sido largo y cansado, nuestra aventura había comenzado muy temprano ese día, de modo que a las 8 de la noche la espalda y la cintura resentían los pocos momentos de descanso que habían tenido. Ahora era menester estar parados, pues no había asientos en esta parte del estadio.

Un grupo local que no recuerdo teloneó a los irlandeses, pero a esas alturas todos estábamos desesperados. Como sea, el espectáculo de la multitud rugiente era muy entretenido y las niñas estaban sencillamente desbordadas, felices de la experiencia, del lugar, de la circunstancia; y adolescentes, pues en realidad no estaban cansadas.

Por fin, como a las 10 fue presentado U2 para mayor histeria de la concurrencia. Y ahí estaban, cuatro pequeños músicos en un enorme escenario que se las arreglaron para llenar. Cuatro (¿o dos?) enormes pantallas nos permitían reconocerlos en persona. Bono entonó un fragmento de Cielito Lindo para el primer orgasmo de la multitud y dio inicio un espectáculo lumínico-musical que sinceramente me pareció más comprometido con Las Vegas que con la música, pero ahí estaba. Una secuencia de imágenes que iban de Emiliano Zapata a Salma Hayek se desgranaba en las pantallas ante la algarabía y las rechiflas ganadas por las imágenes de Fox y Bush, presidentes de sus respectivos países en ese momento; el segundo orgasmo multitudinario llegó cuando Bono exclamó: "no more Chiapas", una frase efectista que no acabé de comprender, pero que cumplió con su objetivo socio-sexual.

U2 tocó durante dos horas y veinte minutos. Por supuesto pasaron de su repertorio todas y cada una de las canciones que las muchachas no se cansan de escuchar todo el santo día en casa. Previsiblemente, la acústica del estadio Azteca dejaba mucho qué desear y los decibeles inhumanos de los altoparlantes nos dejaron sordos al final de la audición. "Muchas gracias", dijo Bono en español para el enésimo orgasmo de la masa.

Todo había terminado. Mi cintura casi cincuentona me pasaba la factura del ajetreado día, aunado que durante el concierto trepé a las niñas sobre mis hombros para que vieran un poco del espectáculo que solo podían imaginar, pues la pared humana que se interponía entre el escenario y ellas solo les permitía imaginar, aunque podían ver en las pantallas. La mayor parte del concierto tuvieron que verlo ahí, como la enorme mayoría de asistentes por debajo del 1.60 de estatura.

La salida fue agradable en la fresca noche tlalpeña. Bono había dicho que México es un país del futuro, que "no podemos cambiar al mundo solos, pero si nos comportamos como uno solo, lo podemos hacer".  Eso estuvo a punto de cumplirse en las escaleras para pasar al otro lado de la calle Acoxpa, necesario para regresar a la casa de Martha a pernoctar. Esos mexicanos actuamos como si fuéramos uno solo y quisimos pasar todos a la vez, poniendo en peligro muchas vidas. Nosotros, que llevábamos dos niñas, tuvimos el susto de la noche cuando algunos jóvenes, siempre ocurrentes y graciosos, comenzaron a presionar con fuerza a la multitud que ya estábamos a la mitad. Como pudimos protegimos la humanidad de nuestras hijas a las que era imposible levantar a esas alturas de la estrecha subida. Sobrevivir fue lo mejor de la noche.

El concierto no me hizo fan. Hay algo extraño en mi existencia que me obliga a renegar de las corrientes de la historia, de la sociedad. Creo que aplico para iconoclasta. De adolescente me pasó con las creencias religiosas y de adulto con las manifestaciones venerantes y litúrgicas en general. Lo supe una mañana de 1980 en el Toreo de Cuatro Caminos cuando los mismos patrocinadores me llevaron a un concierto de John Mayall que apenas conocía y desde luego no veneraba. El genial blusero salió con un short de mezclilla como único atuendo e interpretó su música para beneplácito de la concurrencia, menos del mío. A mí me daba mucha vergüenza estar aplaudiendo y festejando a un señor medio encuerado a quien no comprendía y apenas escuchaba en ese soberano desmadre. No sé, gracias por llevarme, pero comprendí que no era la persona indicada para están lisonjeando a nadie. Me apenaba la multitud que estaba en zona VIP que vitoreaba y levantaba sus extremidades como si estuvieran frente al mismísimo dios. Nunca pude entender a las niñas que se desmayan frente a un cantante arrugado con el pelo teñido vestido como mi tía Jesusita. Trasladado esa aversión a la política nunca he podido seguir a nadie ni mucho menos creerle.


No creas que me gusta ser así, nunca he podido pertenecer a nada, ser miembro activo de nada. Por ahí leí que un alemán promedio pertenece en su vida a 10 asociaciones que van de las deportivas a las vecinales. Los envidio en verdad, porque este síndrome que sufro lo tienen muchos mexicanos a quienes nunca se nos enseñó el sentido y la utilidad de la pertenencia. Por algo estamos como estamos. En fin, lo que era la crónica de un concierto feliz se convirtió en el más infeliz de los desconciertos.

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