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Yo debí haberme rebelado

Rosita Gastelum me recibió gracias a su hija Rosa que hizo el contacto y nos reunió en la cocina de su casa en el barrio de San Antonio. Ahora se ha rebelado contra la opresión, pero a sus más de ochenta años tal vez sea demasiado tarde. Hoy nadie la reprime ni la explota, tiene tanta libertad que hasta es capaz de recordar su historia sin rencor… Bueno, sin mucho rencor. Este testimonio forma parte de mi último libro llamado El Club de los recuerdos, una alegoría sobre la memoria poblana que muy pronto verá la luz.


Fui una niña muy obediente, muy bien portada y muy babosa. Ahora comprendo –demasiado tarde–, que debía yo de haberme rebelado, haber protestado porque aparte de eso, de ser sirvienta de mis tíos, el maltrato que me daban. Me refugiaba en la religión, que me dio el consuelo de decir hay un Dios que me ayuda. Yo tuve muchos problemas. Sobre todo porque yo había salido del Colegio Salesiano, donde estuve dos años, y yo, según mi mamá, iba a seguir estudiando, y después ¿qué me tocó? nada.

Cuando yo vine de México -donde viví dos años- le dije a mi tía, voy a la Cruz Roja a ver si hay algún curso, no me dijo que no. Entonces estaban dando primeros auxilios, y allí me quedé una temporada, después de eso el doctor Espinoza pidió a la Cruz Roja dos enfermeras, y ahí me tocó a mí, y me fui a trabajar al sanatorio. Pero cuando me casé don Carlos ya no me dejó. Me conoció cuando yo estaba en el sanatorio, ya después no quiso.
Lo conocí en esta misma casa, en un departamento de aquí mismo. Ahí vivía una señora que trabajaba en una fábrica, era remalladora. Una fábrica de por Santiago. Y Carlos estaba en esa fábrica, pero en los telares, y era muy amigo de la señora. Una vez que yo bajé a inyectarle a su niño él estaba ahí porque venía a devolver la llave del zaguán, que la señora le había prestado y ya, empezamos a platicar y poco a poco me invitó al cine. Y como entonces yo ya había regresado de México, y ya me dejaban salir un poco, acepté la invitación.

Con  Carlos la cosa fue diferente, aunque no mucho, (je je), porque él todavía era de las personas que: “ya quiero comer”, si no había comida ay mamá, me iba un poquito mal. Y luego le decía yo: “pues no hay comida, no hice comida”. Se requete enojaba, me regañaba, bueno...

Los jueves íbamos al zócalo, y ahí nos reuníamos en el kiosco a oír la música, jueves y domingo, la orquesta del estado, uniformados. Tocaban valses. Era bonito. La gente era muy apacible, muy humana. Ya casados íbamos a las lunadas a Agua Azul, a El Retiro con la orquesta de Agustín Lara, muy bonita orquesta. Tocaban en El Retiro, al costado de la casa de Gutierritos, en la 21 Poniente y 16 de septiembre.

¡Para qué la acepté!, porque vivimos cincuenta años, de sirvienta otra vez, pero por lo menos ya tenía yo a quién servirles, a mis hijos. Sin embargo, fue muy poco variante a mi vida anterior. Y luego como su mamá, en paz descanse, y sus hermanas, porque vivía entre puras mujeres, él era el pequeño, no lo dejaban hacer nada. “Dale de comida a tu hermano, lávale la ropa a tu hermano. Pon de cabeza a tu hermano”. Así es de que él, niño, y después joven, no sabía nada. Hay que lavar trastes y trataba de acomedirse. “No no, ese es trabajo de mujeres, no de hombres”. Cumplió la edad y se puso a trabajar, no le quedó otro remedio. Pero por mucho que haya yo cambiado de manera de pensar siempre fui la misma babosa, porque nunca me defendí. Alguna ocasión llegué a decirle algo que no me parecía, pero no, él siempre salía ganando con su manera de ser, y con tal de no pelear, mejor me callaba.


Mis hijos nacieron en el sanatorio, Rosita y Carlos, dos nada más. Una familia pequeña para la época, pero no estaba dispuesta a ser como su hermana de Carlos, que tuvo doce. Yo dije “dos”. Nomás tuve dos y pare de contar. Cuando su hermana Soledad venía a visitarme me decía: “deme usted el remedio para no tener más hijos, Rosita”. Yo le decía: “yo no sé, porque me la dio un doctor”, (mentiras, pero bueno), le decía: “pídaselo usted al doctor”. Y la pobrecita, obediente, fue a pedírselo al doctor. Salió regañada, pero regañada con ganas ¿eh? Yo creo que le dijo que era pecado. 

Acudí al señor cura a recibir consejo, porque yo ya no aguantaba la situación, tanto la económica como la otra. Y mi hijo estaba en el centro escolar San Aparicio y ahí había un director espiritual y un día le dije: “dile al padre Félix que quiero platicar con él”. Bueno. Viene mi hijo y me dice: “te espera el jueves a las cinco de la tarde en Catedral”. Ay, para qué hablé, pero ni modo. Y fui. Le dije cuál era mi problema y me dijo: “para esos problemas no creo que usted sea la única. En la sociedad se da mucho mucho lo que le voy a decir. En la sociedad por “el qué dirán”, precisamente por el lugar que ocupan tan honorables las parejas, no se separan, pero sí hay una separación de cuerpos, y usted puede hacer lo mismo”. 

Pues sí, como me lo dijo el curita lo hice, pero me fue como en feria. Por poco y salgo con mi maleta para allá afuera. Pasó el tiempo, nos acostumbramos y vivimos mejor, más como hermanos que como pareja.

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