Mi amiga es católica de cierta profundidad. La última vez
que la vi nuevamente inquirió sobre mi fastidioso ateísmo –más bien
agnosticismo. No me oye–; volvió a preguntarme si ni la cercanía de la muerte
me hacía considerar la existencia del cielo. Una indirecta para señalar mi
edad, que ha alcanzado la senectud
Le respondí con una pregunta. ¿Dónde crees que está tu
papá, mi tío Livio? En el cielo, por supuesto -respondió a bote pronto-. ¿Qué
crees que está haciendo?
No tengo idea –me respondió tras una larga pausa–.
Objetivamente, qué podrá estar haciendo Livio Manzanares en el imaginario cielo
rodeado de nubes. Ojalá esté tocando su trompeta todo el día. Así es, el cielo
sirve al humor y a la poesía -afirmé convencido de que mi agnosticismo está
sustentado en la ciencia de la probabilidad. Borges afirmó que le parecía tediosa
la idea de una eternidad, se aburriría rápidamente de seguir siendo Borges toda
la eternidad.
Mi amiga no supo qué decir. Tampoco dije nada. De una cosa
tengo certeza, el día que muera dejará de existir para siempre Leopálido
Noyola, Polo; el mundo no volverá a saber de él, no así la naturaleza, porque
la materia se transforma, sigue habiendo briznas de polvo universal que volverá
a flotar para seguir su ciclo de movimiento y aglutinamiento que probablemente
termine siendo otro hombre, o un animal, como creen los hindúes; o parte de un
planeta y nuevamente polvo de estrellas, por toda la eternidad. Para que quiero
más mitología que esa, la realidad del polvo hace innecesario el uso de
metáforas para hablar de la eternidad. Es la materia transformándose, la
molécula esencial.
Todo lo demás son cuentos chinos. O judíos, para nombrar a
los autores de esa obra llamada El cristianismo occidental. Savater afirma que
la religión es parte de la poesía, del arte, la imaginación; en otro momento les
llama manías, mañas, pequeñas religiones. En todo caso arte, literatura. La
religión universal se halla más bien en el propio universo. Y pienso que las
religiones cosmogónicas adoradoras de los elementos magnánimos -sol, Tierra,
fuego, agua, aire- tienen muchísimo más sentido que la del nazareno.
Oh, Sol, mi Sol.
Rezó Neruda:
A
plena luz de sol sucede el día,
el día
sol, el silencioso sello
extendido
en los campos del camino.
Yo soy
un hombre luz, con tanta rosa,
con
tanta claridad destinada
que
llegaré a morirme de fulgor.*
O sea, existen ya hasta la liturgia y los rezos; la
adoración al agua, al sol, al firmamento también es natural.
* Neruda, Pablo: El Sol (fragmento)
Foto de Malú
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