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El elevador

Crónica de un ligue es el concurso apócrifo donde lectores de un blog envían crónicas sobre la primera vez. Y en este caso la última ¿este relato es una fantasía o es físicamente posible realizar un coito en un elevador. Se valora su descalificación.




El elevador
Por Fernanda

Fue una combinación de muchas cosas, numerosos factores permitieron que yo terminara haciendo el amor con un desconocido en un elevador. El primer factor fue el edificio más alto de Puebla y que fueran casi las doce de la noche; el segundo que yo llevara el vestido anaranjado de falda tableada, y nada por debajo de él; el tercer factor, que verdaderamente me gustaba ese muchacho que había visto muchas veces, precisamente en el elevador; su olor siempre sugerente y su mirada siempre entretenida a la altura de mi pecho, a veces en mi pelo, en el reflejo de las paredes cristalinas del elevador. Y mi sonrisa, claro, siempre le sonreí.

Un detalle importante que también contribuyó al hecho que nunca más voy a repetir en mi vida, fue el cansancio de un empleo monótono y rutinario que al final de la semana terminaba robotizándome. Ese viernes, mi jefe por fin aceptó que yo era humana y merecía un descanso luego de catorce horas de trabajo continuo y me dijo que podía marcharme. Habitualmente pensaba que yo era una máquina.

Estaba borracha de fatiga, lo vi como si fuera mi abuelito jodiendo el punto de mis faldas cortas o el profesor Ramírez repitiendo su canción favorita de que debemos leer más. Pero bueno, me podía ir. Apagué la compu, cerré mis cajones y en el pasillo solitario me acordé que había olvidado ponerme las pantaletas que me había quitado desde la mañana porque ya no las aguantaba. Me reí pícara mientras los numeritos del elevador iban indicando su ascenso hasta el Penthouse. Antes de llegar, el elevador se detuvo en el piso inferior. No sé por qué pensé en ese muchacho guapo y en cierta forma deseé que fuera él quien había abordado el pequeño elevador. Sentía que venía encabronada. Contrólate, Fer, me dije apretando las piernas en el momento mismo en que sonó la campanita.

¡Ting…!

Se abrieron las puertas y lo primero que vi fue una medallita de oro en su pecho, tal vez era de San Antonio –el santo del amor– porque yo casi me lancé a sus brazos. Fue así porque me tropecé y porque iba mareada de cansancio, además de una extraña, mágica, tortuosa calentura que me llegó no sé de dónde, como una luz cegadora y asfixiante.

Él me cachó antes de que rodara por el suelo del elevador e hizo el esfuerzo de levantarme. Apenas, pues, porque mis cuarenta y cinco kilos no significaron nada para sus setenta bien ganados kilos de músculos y callos y sudor… ¿Callos? Es extraño, recuerdo sus callos raspando mis muslos como garras. El breve rectángulo para máximo ocho personas partió hacia su destino en la planta baja y fue un aliciente más para que yo flotara literalmente por el espacio, en parte por la fuerza de la gravedad y en parte por los fuertes brazos del hombre que me sostenía con habilidad, como si estuviera acostumbrado a amar mujeres en los elevadores. 

Es un recuerdo celestial en la media luz del elevador y los reflejos dorados de sus paredes; mi piel y mi vestido anaranjado se reflejaban como por secciones; brazos, zapatos, piernas y la medallita del que creo que era San Antonio brincando sobre su pecho firme y velludo. También los numeritos luminosos de los pisos que descendían a escasa velocidad, como si alguien los hubiera programado para bajar despacio, lentamente, suave, delicioso… 17, 16…

No puedo afirmar que las personas que salieron de ese elevador en la planta baja iban correcta y completamente vestidas. De ninguna manera. Lo que sí puedo decir es que de algún modo salimos cada quién con su ropa, él con su saco y su corbata que desde el principio llevaba en la mano, yo con mi vestido anaranjado algo húmedo de mi propio sudor y quizás otras evanescencias, pero completo. La pérdida fue un arete que de un vistazo no pude hallar.

Salimos del elevador con prisas. Él se despidió con un correcto: Buenas noches y yo con una leve sonrisita de chica educada y sensible. Adiós, le dije con la mente, a sabiendas de que nunca más lo volvería a ver, por lo menos en ese lugar. El trabajo no me gustaba, era muy matado, así que aproveché para no regresar. Esa es mi historia, son cosas que le suceden a la gente una vez en la vida, no hubo una sola palabra, no hubo acuerdos, ni gestos, ni compromisos de ninguna especie. No hubo mentiras. Nadie planeó nada, por eso fue mágico y maravilloso; tanto, que a veces me pregunto si en verdad ocurrió. Solo yo lo sé. (Y él)

Ilustración Malú Méndez Lavielle



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