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Paseo Bravo

Crónica de un ligue es el concurso apócrifo donde lectores de un blog escriben sobre encuentros amorosos. Una colección de amantes que indagan sobre el fenómeno de la exposición de intimidades; la revelación, a veces tardía, de situaciones ineludibles como que un día te levantas y le confiesas a tu imagen en el espejo: soy gay. Que un hombre se enamore de otro hombre ¡qué novedad!



Paseo Bravo
L.G.M.

No sé si usted se atreva a publicar esta crónica, pero por lo que he visto tiene apertura de criterio en cuanto al tema de la elección sexual. Y bueno, hace muy poco yo mismo me hubiera escandalizado –quizás– con temas como el amor entre dos seres del mismo género en la mismísima Puebla del verbo encarnado y las once mil imágenes. Mi mamá y mis tías, si dejaran de ver un rato las telenovelas estarían santiguándose como beatas en misa dominical. En fin, no tengo nada contra la iglesia y yo mismo soy mocho cuando me conviene. Habrían de ver los sustos que pasa uno, como el que me ocurrió ese domingo en pleno mediodía del Paseo Bravo, cuando además de encontrar a Enrique me encontré a mí mismo. Mucho gusto, me dije, soy fulano de tal, un muchacho asustado que no quería reconocer que las hermosas mujeres no le interesaban en absoluto, que en realidad estaba viviendo una vida de mentiras. Y lo peor es que no le mentía a mi familia o a la sociedad ¡me mentía a mí mismo!, engañaba al hombre que veo en el espejo, el que quiere ser contador y que en sus peores tribulaciones fue boxeador, judoca y cualquier ejercicio que me permitiera acariciar, así fuera salvajemente, a otro hombre. Pero qué digo acariciar, tremendas madrizas que me llevé en el torneo de los guantes de oro.

Pero espérate tantito, quiero que me entiendas. No soy ningún masoquista que quiera que le estén dando golpizas, es que no había otra forma de tener contacto con muchachos porque yo mismo no sabía que me gustaban tanto o que los deseaba ¡no lo sabía!, pero a la hora de golpearlos, de abrazarlos, de hacerles sufrir un poquito era algo que simplemente me hacía volar. No puedo explicarlo de otra forma, porque no creas que me excitaba en medio de un round ¡ya parece que me fuera a excitar! Si te descuidas un poquito te rompen toda tu madre. No, yo boxeaba bien, gané seis peleas y perdí dos. Lo que sucede es que después de la pelea me sentía feliz. No sabía por qué. Aunque un día comencé a sospecharlo.

A mí nunca me ha gustado que me mangoneen, por eso me peleaba tanto en la primaria, ya en secundaria muy pocos muchachos me buscaban ruido. Y los que me buscaron me encontraron. Como no soy amanerado, les gusto a las muchachas. Qué bueno, a mí me gusta gustarles, y de hecho he tenido novias, y de algunas estuve en verdad enamorado. O uno cree que ese es el amor (¡no tenía ni idea!), quién sabe si por las películas o porque el mundo en verdad te exige que seas de determinada forma, pero el hecho es que yo me enamoraba, andábamos varios meses y luego rompíamos con unos dramones. Un día de este mismo año hasta lloré porque mi novia me dejó por otro. Me daban ganas de ir a romperle la cara al otro mono,
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Afortunadamente no lo hice. Gracias a Enrique no lo hice, porque cuando estaba preparando un plan para toparme con ese amigo, de preferencia sin Fabiola, a quien me topé fue a Enrique, que estaba como esperando un galgo en la 11 sur del Paseo Bravo, y yo me puse a verlo porque él me estaba viendo con sus ojos de gato y su sonrisita rebosante de picardía. Nomás viendo. No sé por qué no me ofendí con el sujeto que me estaba viendo tan descaradamente. ¿Qué me ves, güey?, le hubiera dicho en cualquier otro momento, pero simplemente no me atreví, porque su mirada no era agresiva, ni insolente (bueno, un poquito), era como si estuviera jugando conmigo, como si me conociera de años. Me acerqué y me le quedé viendo con cara de chiste y él se rio; los dos nos reímos y desde entonces nos hemos estado riendo como tontitos. Tres meses después no entiendo la vida sin él, mi vida no significaría nada sin él. Por primera vez en la vida he sabido lo que es el verdadero amor, la necesidad de amar, el ansia y el deseo de que él esté siempre a mi lado. Me ayudó a salir del clóset o como se diga ¿qué importa eso? Lo que importa es la felicidad.

Ilustración Malú Méndez Lavielle

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