Mientras camina del brazo de su hija, el anciano recuerda su niñez en un pueblo de los de antes, cuando todos vivían apartados del mundo. En 1950 llegó el telégrafo, gracias a que nuestro pueblo se atravesó en una obra importante del gobierno y le tocó. Con el telégrafo tuvimos contacto con el exterior. El telégrafo nos permitió conocer, al día siguiente, la muerte del hermano de mi papá. No una semana después, como ocurrió antes del telégrafo con el abuelo. En los años sesenta llegó el teléfono al pueblo. Toda una novedad. “Operadora” –contestaba una señorita. 232, pedía uno de prisa. “Espere, por favor” –respondía la mujer– y empezaban los timbrazos. Oír la voz humana fue maravilloso, pero la de Conchita, tu abuela, superior a todas las expectativas de la época –el anciano se detiene y mira el cielo–, le hablé al oído, me escuchó, lloramos, nos perdimos; volvimos al pueblo y nos casamos. Todo por teléfono. Es una tradición de un servicio público que el Estado y la empresa privada han proporcionado a la gente, un servicio necesario por un largo tiempo, mientras la marginación y la pobreza reinen en nuestros pueblos. ¿En verdad interesábamos al gobierno? Eso, en este pueblo, ya era una sorpresa.
Tras haber cumplido tres años de gobierno, el 31 de agosto de 1923 el gobierno de Álvaro Obregón consigue reanudar las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, de vital importancia para su gobierno, pero con una condición: la firma de un tratado que el senado mexicano había rechazado en primera instancia, pero que las presiones del gobierno y el asesinato del senador Fidel Jurado obligan a dar un viraje y aceleraron su aceptación. Durante años busqué el texto completo de este tratado que en la universidad nos había sido contado de manera inexacta. Ignoro las razones que suscitaron esa versión, que entre muchas escandalosas cláusulas reasaltaba una en la que se prohibía a México la producción de motores de combustión interna que prácticamente paralizaban el principal avance tecnológico de las primeras décadas del siglo XX. Como era de esperarse, neceé durante varios años y hasta pulí mi argumentación pues era un elemento clave a mi parecer para explicar el enanismo tecnológico de...

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