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Fulano de talk

Yo estaba sentado en un sillón frente a las cámaras de televisión. Era un estudio, un set de televisión y la señora con el rostro enrojecido de furia era Laura de América, la conductora peruana de talk shows que insulta y hace pelear a golpes a la gente. Por supuesto estaba nervioso. A mi lado Mary, mi esposa, fumaba apaciblemente. El sitio era ruidoso pero la voz de Laura de América sobresalió del conjunto para dirigirse a mí: ¿por qué te gusta lavar los trastes en tu casa? La pregunta me sorprendió ¿cómo lo sabía ella? El asunto de los trastes en casa era un problema doméstico, que si bien era cotidiano, no entraba en el terreno de los conflictos humanos, al menos en la casa. Pero la mirada apacible de Mary, que esperaba una respuesta sensata de mi parte, me animó a responderle a Laura de América: - Me gusta que esté limpio el fregadero –. –Pero qué decís –me ladró Laura- ¿sos acaso mandilón. “¿Mandilón?” repetí sorprendido. - A ti te gusta lavar los trastes, hacés tu cama, planchás ...

Justo recuerdo

Como dos de mis hermanos, estudié la secundaria y la preparatoria Justo Sierra en el lejano Moc. Justo Sierra era entonces simplemente un nombre. En las clases de música el profesor Carrillo nos hacía cantar un largo y sinuoso himno en su honor, que empezaba así: “Justo Sierra, maestro inmortal, en la América todos te aclaman…” Con el curso de los años y el interés por la historia, don Justo se ganó, con justicia, otra dimensión en mi humilde criterio. Fue uno de los personajes más simpáticos, útiles y prolíficos del Porfirismo. Campechano –en su doble acepción-, llegó a posiciones de mucho poder y decidió cosas indelebles en la educación mexicana; acertó y erró; fue porfirista hasta las cachas y a pesar de ello don Justo no tiene historias tenebrosas tras de sí. Es uno de esos políticos inteligentes gracias a los cuales México sigue siendo un país; seres que han formado patria, estilos de gobierno, moral pública. Un hombre que creyó en la inteligencia humana, en la ciencia, al grado d...

Juventino

Los mexicanos en ocasiones sentimos que carecemos de héroes verdaderos, y que fuera de los contados héroes de la Patria, el resto son héroes inventados, inflados o mercantilizados que no cumplen con los requisitos mínimos para ser héroes. Por eso los mexicanos hemos sido víctimas de caudillos milenaristas que nos envuelven con su canto y nos obligan a honrarlos. Luego despertamos como esclavos. Tal vez nos ha faltado buscar en otros ámbitos, como el del arte. Un ejemplo de eso que los mexicanos somos y que a veces valoramos poco, nos lo da Juventino Rosas, que nació un día como hoy de 1868 en Santa Cruz de Galeana, Guanajuato, en condiciones de extrema pobreza, y que murió en esas mismas condiciones en 1894, a los 26 años de edad. Una pérdida irreparable. Aunque se sabe que don Porfirio se interesó en la música de Juventino Rosas, como lo prueba el vals Carmen para la esposa de don Porfis, Juventino no quiso o no supo enriquecerse con su arte, como la mayoría de nosotros. En plan optim...

Brillantina pasional

En octubre de 2008 yo y cien mil personas en el mundo participamos en un concurso de Google para elegir cinco ideas brillantes cuyo único objetivo era beneficiar a la mayor cantidad de gente. Los ganadores tendrán el gusto de que su idea sea llevada a la práctica, únicamente, pues, se aclaró, ellos no ganarán nada más. Ni hablar de los 20 mil dólares destinados a llevar a cabo la susodicha idea. Bueno. Las condiciones pedían número específico de palabras y caracteres para llenar el cuestionario. ¿Con qué frase describirías tu idea? (150 caracteres máx.) Yo puse: “Poner barro a la disposición de los niños mexicanos y provocar una discusión nacional sobre el pasado prehispánico, tan asociado a él”. Entrábamos en materia. Describe tu idea al detalle (300 palabras máx.), pedía el cuestionario a continuación. Yo escribí: El barro es inaccesible a la mayoría de los mexicanos. Excepto quienes nacen y crecen en torno a la alfarería mexicana, que es amplia y rica, el resto de los mexicanos e...

Arte, no cultura popular

La insistencia de llamar Cultura Popular al arte popular ha desviado la atención –e incluso impedido– que se reconozca al arte popular ahí donde se le encuentra. Aunque se supone que el arte popular es cultura popular, ese pequeño detalle en el nombre sostiene una ambigüedad operativa en las acciones reales de los gobiernos en torno a la famosa cultura popular. Bueno, existe la dependencia de Culturas Populares, que según esta idea debería llamarse Artes Populares, porque el arte es su principal bastión. Debería llamarse Arte Popular, y el presupuesto que ahora destinan a “culturas populares” sea enfocado directamente al arte popular, que es muy localizable. Al entregar a los funcionarios de cultura mexicanos recursos para algo tan ambiguo como cultura popular, se desvía la atención de sus principales esencias, que son las artes. Debería pensarse en estrategias dirigidas directamente al arte popular, que es lo más noble y autosustentable de nuestra cultura popular.   Institucion...

Los Bonilla

La historia de los Bonilla, como músicos, se remonta a finales del siglo XIX, en Huitzilan, Puebla, cuando Juan Bonilla era un jovencito que vivía en ese paraíso salvaje de la misma forma que el resto de sus congéneres: encerrados detrás de centenares de montañas selváticas, sin caminos, sin electricidad, sin ningún contacto con el mundo moderno que todos sabían que se hallaba al otro lado de la sierra. Tal vez debido a la soledad o simplemente a sus dones naturales, la música siempre estuvo en su vida, pues no faltó el familiar que le enseñara a tocar un poco la guitarra y otro poco el violín, así que fue músico desde pequeño. A principios del siglo XX un hecho marcó su destino en el arte musical. A los dieciséis años, un violento brote de viruela que azotó a Huitzilan lo dejó ciego. Con enormes esfuerzos, Juan Bonilla se convirtió en músico de tiempo completo, y lo hizo tan bien, que en muy pocos años era el músico de mayor prestigio en toda esta zona de la Sierra Norte de Puebla. ...

Monsi y yo

A mediados de 1984 se publicó un libro de chismes llamado Juan Gabriel y yo, que mostraba al Divo de Juárez en una cama muy contento y bien acompañado por el autor. Durante ese año tomamos una materia con Monsiváis y nos burlábamos de hacer un balance del curso con el nombre de Monsi y yo, la portada iría ilustrada con una buena caricatura del Monsi, de las muchas que, entonces como ahora, realizan los mejores dibujantes de México. Pero no hicimos ningún balance, tarea ni nada académico en los dos semestres que duró el periplo por la geografía de este famoso autor, que a diferencia de Juan Gabriel, no llegó a la cama y menos a los tribunales. Nos reunimos una vez a la semana durante dos semestres en la escuela de restauración de Churubusco –“cerca de una estación del metro”, condicionó Monsi cuando hablamos del lugar. Leímos autores alemanes sobre cuestión nacional y nos hizo muchas recomendaciones de lecturas mexicanas. Nos preguntó sobre los Magníficos y su libro crítico a la antro...