Partamos de que nuestros jóvenes son, en su gran mayoría, pobres, muy pocos tienen dinero para pagar la cultura privada materializada en los libros, los cafés, las galerías o los cines. A ellos es a quienes los gobiernos (municipal, estatal, federal) les debe proporcionar espacios y si es posible recursos a través de la gratuidad. La tristeza de ver un turismo que solo aprovecha una parte de su potencial, un centro hermoso y culto con una pobre oferta turística poco imaginativa que no termina de atreverse a emprender visiones vanguardistas para detonar un turismo original para la ciudad. ¿Qué quieren los jóvenes? Le pregunté a mi amiga Rocío Coca, treintañera, sentados a la mesa de su cocina, lo reflexionó así: “De los lugares a los que de repente está bien darse una vuelta cuando no llevas lana, te vas a Profética y estás viendo libros un rato, estás como dando la vuelta ¿no? Ahorita acaban de abrir un café que es tipo café galería y puedes estar en la galería o puedes estar...