lunes, 28 de diciembre de 2020

Armando Manzanero en Puebla

 

Nos despertamos este 28 de diciembre con la noticia de la muerte de Armando Manzanero, que el 7 de diciembre pasado había cumplido 85 años de edad y hace unos días convalecía –consciente, aunque intubado– del COVID; los pronósticos eran alentadores y se anunciaba que en unos días sería despojado de la máquina respiradora; eso último se cumplió. El 15 de julio de 1993 vino a Puebla presentar su espectáculo y tuve la oportunidad de entrevistarlo.

 


Cuando Armando Manzanero llegó al Teatro de
la Ciudad, ubicado en Los Fuertes de la histórica Puebla, aprovechando que lo acompañaba el músico poblano Helio Huesca –que para mi fortuna me reconoció–, lo seguimos teatro adentro con una endeble promesa de hacerle una entrevista. Gritó jocosamente a sus músicos, que ya estaban ensayando. Manzanero subió al escenario y bailó algunos compases. Luego se acercó al piano y Huesca aprovechó para contarme que estaba siendo testigo del estreno de un piano virgen, intocado. “En este momento, por primera vez, se está tocando ese piano –me dijo–, es nuevecito.”  

Manzanero tocó y cantó Cuando estoy contigo acompañado por su orquesta de diez elementos; cantó a continuación El día que me quieras, como un clímax de su largo viaje por Argentina, de donde venía llegando.

Lo acompañaba su esposa, guapa, de mediana edad que no soltó la mano del maestro en todos sus recorridos por el teatro. Pasamos a una oficina y Manzanero accedió a atenderme. “Dígame”, me dijo dispuesto a platicar. Fui presentado como periodista de radio por Helio y Manzanero me tendió la mano.

Me encontré con ese Manzanero de las fotografías, efectivamente pequeño, de semblante soñador y amable como un jarrito yucateco. Un hombre que conocía bien, desde la niñez, al que he visto en innumerables fotografías y películas y televisión. El Armando de todos.

En ese entonces el acceso a la información era otra cosa, no había Internet, se investigaba en revistas y folletos de dudosa calidad.  Solo sabía generalidades de su vida. Decidí enfocar mis preguntas hacia el músico, hacer preguntas musicales. La relación de su música con el bolero mexicano, leit motiv de mi programa Bolerísimo que pasaba de lunes a viernes a las dos de la tarde. Una hora diaria de bolero. Y entre Gonzalo Curiel y Luis Arcaraz siempre cabía un Mía o Salud y Esta tarde vi llover de Armando Manzanero, que cantamos innumerables veces en nuestras tardes de adolescencia, regaderazos y bomberazos en toda clase de reuniones, de kermeses en el salón de actos y la capilla parroquial.  Un Joselito taciturno.

 Esta tarde vi llover

Vi gente correr

Y no estabas tú

Manzanero era un hombre de 1.55 de unos 55 kilos de peso y 68 años de edad que realmente no se le notaban, salvo en unos ojos muy tristes (¿cómo de santo?) circundados por enormes y arrugados párpados. Su rostro sin embargo iba adornado con una media sonrisa que desde el cansancio de tantos viajes hacía todo lo posible por ser cortés.

“Qué tan famoso es”, le pregunté.

Su primera respuesta fue más bien áspera y se defendió con discreta cautela de la posibilidad de ser un verdadero maestro, categoría que por entonces protestaba. Desde 1952 ocupó un lugar en el Primer festival de la canción en Miami; en los 70 fue nominado al Grammy y entre sus intérpretes figuran cantantes de la talla de Frak Sinatra, Tonny Benett. Eydie Gormé, Perry Como, Eugenia León, Luis Miguel y muchos más.

A la pregunta expresa sobre la década de su nacimiento, respondió.

Sí, indudablemente que sí, pero más que la década de mi nacimiento, en realidad, la época que me hubiera tocado vivir sería antes de la Revolución, después de la Revolución. Si hubiera nacido siempre como nací, en Mérida, de todos modos hubiera tenido yo la influencia de mi país…, perdón, de mi tierra. Poco me enteré yo de las canciones revolucionarias, poco me enteré de la canción épica. En realidad cuando yo empiezo a tomar conciencia de la música, conozco la música que hasta la actualidad todavía sigue vigente, en estados tan importantes musicalmente como es Yucatán.

Le pregunto si su música puede ser considerada como bolero.

En realidad yo lo que tengo es una gran influencia de todo ese tipo de música. Lo que sucede es que yo soy una persona que, por el trabajo que tengo, por la forma en como viajo por todo el mundo con  Lucho Gatica, con Luis Demetrio, con Angélica María, pues escucho otro tipo de canción que, sin perder el espíritu romántico, su configuración y su estructura es diferente. Hablamos por ejemplo de Cuando estoy contigo. Cuando estoy contigo viene siendo una canción que, si uno la escucha, pues, incongruentemente, termina con el puente, a lo que todo el mundo llama fade out; o sea, yéndose para afuera. Entonces yo rompo esa estructura de que la canción mía tenga que ser un bolero: ocho de tema, ocho repetición, ocho de puente y ocho de final ¿verdad?, sino que yo me dedico a componer bajo otras formas. Hablemos de No, por ejemplo, que es otra canción que marca una época mía. Y hablemos de Adoro, en donde ya la medida no pertenece al bolero. El bolero está escrito a cuatro cuartos, y Adoro está escrito a doce octavos, entonces yo vengo siendo prácticamente esa persona que evoluciona dentro de la canción romántica, en otras formas.

Sin embargo usted fue alumno de Rafael de Paz, de José Sabre Marroquín; se sabe que tiene influencias de Mario Ruiz Armengol, de Chucho Zarzoza, grandes boleristas todos ellos. Usted ha recibido en dos ocasiones el Premio Agustín Lara ¿por qué se le relaciona insistentemente con el bolero y por qué su música tiene tan buena armonía con el bolero tradicional, al grado de que se pueden oírse juntos en un programa especializado al bolero?

(En aquellos momentos el disco Romances de Luis Miguel era un éxito internacional, ahí se incluían canciones de Manzanero. Pero lo que quería saber es si creía en un renacimiento del bolero, una nueva era bolerística en México.)

Es necesaria, hace falta. Nos hacen falta compositores que compongan sobre ese tema, porque está demostrado que si una canción tiene calidad y tenemos un exponente de una generación como Luis Miguel en este caso, como Manuel Mijares en otro, como Yuri en voz de mujer. ¡Cómo Eugenia León! Pues si tenemos buenas canciones van a tener éxito, definitivamente.

Es decir que seguir cantando a Agustín Lara, a María Grever, a los viejos compositores del bolero resulta un poco anacrónico.

Pues mire, si lo vemos desde un punto de vista de tiempo sí, pero si vemos que en realidad son canciones que parece que se escribieron ayer o mañana, entonces nos damos cuenta que en realidad son canciones que va a ser imposible de poder soltar, debido a que, como le decía yo anteriormente, por su calidad, por su sentido. Vamos a decir… no hablemos tanto de Agustín Lara, pero sí hablemos de Maria Grever, hablemos de Luis Demetrio, hablemos de César Portillo de la Luz. Estos escribieron adelantados, escribieron para un tiempo futuro que es el que realmente estamos viviendo ahora.

Pregunté a continuación sobre las posibilidades jazzísticas en el bolero.

Mire, el problema que tiene el jazz es, a mi manera de pensar, por supuesto, es que tal parece que es una música intelectual. Todo mundo se quiere prender a tocar jazz, porque en el momento que toca algo de jazz se está situando quizá en un plano superior, o más elitista que al que le pertenece.

¿Cuál es su opinión sobre experimentos jazzísticos que entonces Margie Bermejo hace con canciones como Sabor a mí, de Álvaro Carrillo?

El problema de que hay una gama de cantantes que son excelentes, gente que expone este tipo de música, este tipo de canción, incluso se preocupan mucho por no cantar lo que está de moda, lo que se está escuchando, siempre quieren tener su propio repertorio. El único problema que hay es que pertenecen a un núcleo de oyentes, a un núcleo de auditorio que no es el que compra muchos discos, que no es el que abarrota los lugares, y es ahí donde su enseñanza y su exposición no llega a las masas, no llega a donde necesitamos a veces llegar. Eso no quiere decir ni que le reste calidad ni que le reste exposición, sino todo lo contrario. Es gente muy buena. Pero como que, si para nosotros es difícil cantar un bolero, se nos hace dificultoso, aunque caigamos en redundancia, si nos metemos a la materia del jazz, lo hacemos todavía más elitista, más reducido.

Le pregunté su opinión sobre la música de calidad y la popular. Me referí a la música afroantillana que estaba teniendo en Puebla una primera probada en términos de jazz latino. Poncho Sánchez, Tito Puente estaban tocando jazz; el duende puertoyorkino incluso había grabado tres temas de Telonius Monk en su último disco. Paquito de Rivera, Ray Barreto ¡Es avanzar musicalmente aunque no sea popular!, expresé.

Indudablemente que sí. Además, como yo le dije anteriormente, hay gente que no ha tenido la suerte de penetrar, pero cuando hablamos de la gente que usted mencionó, pues indudablemente estamos hablando de palabras mayores, porque son mercados, ora sí que muy internacionales. Y le voy a decir una cosa: jamás nada que se pretenda, ni jamás nada que se experimente puede ser retrógrada, sino todo lo contrario. Indudablemente que es avanzar, y los resultados son muy bonitos en su gran mayoría de veces. 

Tiene tentación de escribir en otros géneros musicales. ¿Que le parecería una salsa manzanera?

Mire, en lo único que no he tenido tentación es en el pasodoble. No es el sentir mío. En los demás sí, porque inclusive yo soy una persona que ha escrito salsa. En mi show tengo dos o tres cosas puestas en Salsa; a la música tropical la amo mucho…

¿Entonces tiene música salsa?

Sí, yo tengo por ejemplo un éxito muy fuerte en todo el Caribe con Johnny Ventura que se llama Imagino; muy fuerte, sí. Bobby Capó también la cantó allá por 1957. Sí, exactamente, exactamente, sí señor.

Algo para el público.

Que les agradezco infinitamente que escuchen música romántica.

Muchas gracias, maestro.

 

Armando Manzanero era muy famoso desde que yo fui niño en los años sesenta, cuando todo lo relacionado al amor era una referencia a sus canciones: si éramos novios, si llovía en la tarde, si aprendíamos algo, si apagábamos la luz.

Este día Manzanero nos deja huérfanos de romanticismo a los 85 años. Salud maestro, que se conserven frescas nuestras emociones y no existan ilusiones que lleguemos a perder. Salud, querido…

sábado, 28 de noviembre de 2020

Producción de pódcast

 


Le platicaba a Emilio Salceda que el día de hoy produje el pódcast número cien de divulgación de las ciencias para la revista Elementos de la BUAP, que también lo felicitaba a él porque revisa todos los guiones y la mitad de las producciones están hechas con su voz; la otra mitad las hizo Citlalli, ambos científicos del Instituto de Fisiología. Esas producciones nos han permitido estrenar semanalmente un pódcast durante los dos años que lleva de vida el renovado sitio de internet de la revista poblana de divulgación de la ciencia Elementos, ciencia y cultura, dirigida por Enrique Soto Eguibar.

Pensando en voz alta, un proyecto de divulgación científica como el nuestro, que ha llegado a su pódcast cien, ha debido pasar por varias etapas evolutivas. Una vez que se cuenta con una cabina de radio, que fue nuestro caso gracias a las gestiones del propio Emilio y al financiamiento del antiguo Conacyt, lo que seguía era un plan intensivo de escritura de guiones para afrontar un problema clave de la comunicación y la divulgación: la coherencia temática, que es consistencia sostenida, no perder el hilo en la segunda sesión, insistir en un modelo creativo que crea un sello y trata de sostenerse en él; el primer reto del lenguaje radiofónico está en el qué decir y en el cómo hacerlo. 


¿Mamá…?

Silencio. Un largo silencio.

Este dramático ejemplo del uso de una sola palabra explica, de manera muy expresiva, la sonoridad de la palabra y el peso del silencio. Es el universo sonoro de nuestras vidas, demarcación en donde el oído debe ubicarse humildemente para experimentar con lo que oye, que es el sonido. Eso es el radio, según yo, la radiodifusión como oficio profesional y como cultura popular. 


Esto que hacemos publicando pódcast en nuestra página de internet ya no “irradia” en un radio de sesenta o cien kilómetros a la redonda, como ocurre con  las estaciones de radiofrecuencias urbanas y rurales; ahora nuestros productos viajan en el versátil lenguaje digital pero se acomodan de la misma forma en tu oído. El efecto es el mismo, llegue como llegue, el mensaje audiofónico cumple su cometido con su misión cultural y tu deleite.

El guion tiene como tarea única resolver la forma de contar algo, el famoso “mensaje” que se estudia en la teoría de la comunicación, que nunca debe ser un pretexto para decir algo, sino una oportunidad de hacerlo.

Con esos primeros cien guiones realizados comprendimos que el primer paso para un proyecto de comunicación auditivo es un guionista. Sin ese impulso, sin esa iniciativa no podría haber proyecto. Por eso con frecuencia son flor de un día o fracasan como proyectos radiofónicos, porque pronto descubren que, más allá de dos o tres programas ingeniosos, no se tiene más cosas que decir. Por fortuna algunos no fracasan, un porcentaje creciente experimenta la cultura del sonido con éxito y esa es la novedad.


Como guionista, el ánimo que me acomete cuando debo pensar en escribir guiones es como si me preparara para hacer todos los buñuelos navideños. Preparar mucha masa con harina, manteca, agua y una pizca de sal. Un conjunto de información que puede estar en un número grande de sitios, bibliotecas, casas y, cuando eres un viejo taimado como yo, en tus propios archivos y libreros. No importa dónde, lo importante es contar con ese acopio de información científica antes de comenzar tu proyecto. Nosotros en Elementos nos propusimos hacer divulgación científica, pódcast de divulgación; y también experiencias sociales y antropológicas de la cultura mexicana, que llamamos estelares, las infaltables cápsulas y –cuando fui consciente de la cantidad de ruidos zoológicos que había reunido– una zona para bebés y niños pequeños sobre las "voces" de los animales. Revisé distintas enciclopedias de la biblioteca del Instituto (en realidad de Enrique Soto) e hice un par de ejemplos piloto para motivar al equipo. Para cuando fue comprada nuestra cabina con financiamiento del Conacyt el plan de guiones iba bastante avanzado. Al menos en la idea de cómo hacerlos y de dónde.

El guion en un proyecto similar al nuestro debe ser escrito imaginando su realización, para producirlo de inmediato; y en número suficiente para poder establecer una rutina de producción al menos una vez a la semana; grabar a los locutores, elegir las músicas, editar; qué sonidos tenemos, qué podemos hacer con ellos; cómo debemos acumularlos, clasificarlos, denominarlos, prepararlos para su producción. ¿Qué es lo que quisiera enfatizar auditiva e informativamente en una serie de programas sobre las ciencias? ¿Cuáles son los ruidos entrañables del mundo, los ruidos de la vida?


Al desaparecido maestro Raúl Dorra,  respecto al sonido, lo ilusionaba mucho imaginar, por ejemplo, el sonido de la circulación de la sangre o de otros órganos del cuerpo humano. Y yo creo que nuestros pódcast buscan esa experiencia auditiva en sus sonidos, hemos experimentado con hipótesis sonoras para partículas atómicas que chocan dentro de un gran colisionador. O, traído a cuento, risillas y suspiros humanos sacados de las propias voces locutoras en sus muchas pautas elocutivas. Uf… Tan útiles en la representación humana.

Quisiéramos compartir esta experiencia con otras universidades, con otros grupos de producción auditiva, especialmente los científicos que tanta falta hacen a nuestro país; urge que la palabra ciencia se comprenda desde muy diversos matices y se repita y se expanda ampliamente en las redes y los versátiles medios de comunicación. Estaremos pendientes.

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martes, 15 de septiembre de 2020

La paradoja del lector

 


Cuando los españoles duermen, desde el pasado, leo las noticias de El País que ellos leerán en la mañana de su siguiente día español. Es un extraño privilegio. Son las siete y media de la tarde de un viernes, allá las 2 y media de la madrugada del sábado. Acaban de cargar el día los editores. Un paradójico privilegio eso de estar leyendo las noticias que ellos leerán dentro de seis o siete horas. ¿O qué es el ahora?

Leer el País es en ese momento es informarse desde el día anterior. Leer la actualidad desde el pasado, una deformación humana, una trampa complaciente, colonialismo intelectual. Como sea, fui la noticia falsa de ese día.


jueves, 6 de agosto de 2020

Mientras transmito

Se dice que cada vez se lee menos, discrepo; lo evidente es que, como nunca, existe la necesidad de leer y escribir para hacer funcionar las redes sociales y el internet. Cada institución, empresa o individuo tarde o temprano se enfrenta a la vital necesidad de expresar sus heterogéneos estados a través de plataformas de telecomunicaciones en donde todavía se necesita un ser humano.

En esta larga cuarentena es la primera vez que soy consciente de que la electricidad ha provocado en mí necesidades de una era de la que no sé ni su nombre, pero es nueva y nos obliga a comunicar, a transmitir, a escribir; decir, ver, escuchar, recortar las palabras y las imágenes, signos, ruidos y música que van formando una especie de huella individual o institucional que convertimos en mutuo entendimiento, lenguaje, hipervínculos, intelecto. No sé siquiera si estoy conforme, si eso me gusta.

La parte física de esta operación, dependiendo de la edad histórica, va desde pesados cables de fierro a la filigrana milimétrica de la fibra óptica, por donde viaja un estímulo eléctrico –la electricidad en sí–, transformada por nuestra civilización en signos que vamos interpretando con naturalidad y algo de socarronería; todo comenzó con una señal de puntos y rayas que un telegrafista transmitía al otro lado de un cable, era necesario otro telegrafista que lo interpretaba con una rústica clave. Transmitían sentados ante sus mesas de trabajo, operando la llave con la mano derecha, raya punto punto raya, raya raya, en realidad idénticos a los modernos internautas sentados con una mano sobre el mouse. En lugar de la clave telegráfica ahora enviamos signos, imágenes y sonidos a través de los mismos impulsos eléctricos que generamos con códigos, números y letras por medio de un teclado.

En estos meses de encierro comprendí que esa multimedia a la que accedo en internet se ha apoderado de casi toda mi atención la mayor parte del día; por primera vez en mi vida he permanecido conectado a la red de una u otra forma; al menos disponible: ora música, ora correo, ora chat, video, documental. Observo que la era digital me interpreta como individuo –me clasifica, me escribe, me desentraña, me expone–, me indica cosas que necesitaba ver o que alguien me hizo creer que me interesaba o veo por obligación profesional.

Así ha estado nuestra pequeña comunidad familiar de cuatro miembros comunicada a través del signo eléctrico, neo-morseano, binario, el bit, la telecomunicación, comunicando palabras, imágenes, grabaciones, videos, emoticones, likes, películas, series y cualquier cosa a la que podemos acceder desde nuestra democrática condición de usuarios del paquete estándar Telmex Infinitum.

Transmitimos también humores, reclamos, estímulos sensoriales, educación, cultura, risas, doble sentido, bromas de toda índole y más emoticones –ahora con la forma de mano, de carita sonriente, de animales, gente, pies; balones, figuritas humanas que corren, se sientan, caminan y asumen posiciones que nos envían mensajes; nos van marcando rutas, caminos que seguimos obedientemente (tal vez los deseamos) y no hace falta recordarlos porque, al poco, Google nos lo recuerda: “a ti te gusta esto”. Es verdad que me gusta, soy consciente de que fui bastante fácil de clasificar; así se me han ido definiendo también una multitud de nuevos gustos, de placeres, ahora que permanezco conectado todo el día esa comunicación resulta ser una parte esencial de mi vida, de mi trabajo, mis relaciones humanas; sin ella transcurrieron dos tercios de mi vida, un pasado para el que debemos remontarnos a una época que ya no existe ni existirá jamás. La de los seres pre-conectados, para bien y para mal.

Durante la cuarentena las habitantes de esta casa, en este sentido, estuvimos pegadas a nuestros aparatos todo el tiempo, cada quien con su respectivo cada cual, respondiendo mensajes, enviando señales, recibiendo correos, platicando por WhatsApp; sin horario específico de trabajo, disponible las 24 horas del día; en poco tiempo nos hemos convertido en humanos eléctricos, en seres enchufados, sin una pila bien cargada no llegamos ni a la esquina. Soy de la generación de los que hicieron un gran esfuerzo y aprendieron a los 45-50 años a moverse en Word –con eso me hubiera confirmado, sinceramente– y ya de ahí fuimos agregando otras aplicaciones a nuestras habilidades, tan útiles y sorprendentes para aquellos que hicimos la licenciatura con fichas bibliográficas de cartulina. Ahora edito sonido en Mixcraft 8 Pro Studio, un programa de edición;  aprendimos. Una vez tuve que escribir cien cápsulas sobre nutrición; conseguir la información me costó días, terminé en una pequeña biblioteca de la colonia Roma. Imagino que hacer esas mismas cápsulas hoy sería pan comido. En los años ochenta éramos tan pobres, tecnológicamente hablando, que escribíamos un borrador interminable, hacíamos copias intercalando hojas de papel cabrón entre el papel bond, escribíamos en ruidosas máquinas de escribir y entregábamos tareas y guiones impecables.

Cada investigación implicaba tiempo, viajes, consultas en periódicos de la hemeroteca nacional sobre noticias de la instalaciones de líneas telegráficas, hacia 1850, cuando llegó la electricidad que entonces producían con dínamos y concentraban en enormes baterías; crearon entonces al tatarabuelo del internet, pero básicamente lo mismo –comunicación eléctrica–, bautizado como telégrafo; una vez trabajé en el archivo histórico de Telégrafos Nacionales en la ciudad de México, iba dos o tres veces a la semana hasta la casona que lo albergaba a tres cuadras del zócalo de Tlalpan; removía cajas humedecidas porque había goteras y sacaba –y secaba– expedientes sobre los detalles de las instalaciones de líneas en todo el país, de México a Toluca, a Querétaro, a Guanajuato; cuánto costaba cada línea, quién era el constructor, cuántos postes había que disponer, cuántos kilómetros de cable, cuántos peones; cuántos muertos de cólera en cuadrillas que se internaban en las selvas de Tabasco para la instalación de postes que soportarían cables para llevar la comunicación eléctrica. Por entonces el conocimiento, el proceso de la investigación, de la disponibilidad de datos trocaba nuestra comprensión y asumía otras vías. Lo cierto es que nuestra cuarentena sería mucho muy diferente sin la existencia de esta telecomunicación –novedad del último tercio de mi vida–, no necesariamente para bien, pero tampoco para mal. Gracias a nuestros chocantes y temperamentales aparatitos las habitantes de esta casa (son mayoría absoluta), hemos podido mantener separados nuestros intereses vitales (vemos películas juntos pero escuchamos diferente música y trabajamos cada quien lo suyo); en ocasiones veo a cuatro mamíferos deambulando todo el día por la casa comunicada; convivimos en paz y así hemos podido seguir con nuestras labores, asistiendo a reuniones virtuales, dando clases; trabajando casi de modo normal, sin horario; conectados con nuestros comensales cibernéticos y sosteniendo prolongadas juntas de trabajo y reuniones sociales a través de Zoom –la novedad– o de otras aplicaciones como hangouts –la postnovedad– que condescienden tales excesos, como el festejo de los setenta de mi hermano en plena cuarentena (CDMX) organizado por su primogénita (Austin) a la que asistimos todos los hermanos (Tlalmanalco, Chihuahua, Puebla) en un alarde de tecnología festiva. Me gustaría que lo hubieran visto mis papás. Solo la música faltó.

En e-consulta leo que del total de jóvenes que tomaron sus cursos en línea, el 13 % lo ha hecho a través de Facebook; el 8 % lo hizo por Drive, repositorios o YouTube; mientras que el 6 % lo hizo por mensajería instantánea; el grueso del total, el 73 %, usó las plataformas Balckboard, Gclassroom, Mteams y Edmodo (28/05/2020). Pues ni modo.

Nuestros hijos y amigos millennials y zetas (las postmilennials, también llamados posmilénicas​ o centúricas,  porque ahí también son mayoría las mujeres); bueno, decía que estos jóvenes de hoy no sospechan que este tema de la electricidad comunicante que hemos añadido a nuestras vidas, esta perenne comunicación multimedia que ahora nos gobierna, comenzó aquí en Puebla hace muchísimos años, concretamente el 20 de mayo de 1854, cuando se transmitió el primer telegrama desde la ciudad de México a la estación de Nopalucan, Puebla; desde ese momento, hasta la actualidad, la comunicación eléctrica nunca ha dejado de evolucionar, ha ido mejorando en cada generación y transmitiendo con un uso más eficiente de la electricidad; por si fuera poco, los mexicanos siempre hemos estado cerca del mitote, que en cuestiones tecnológicas representan los Estados Unidos; cuarenta años después del telégrafo (1853) se logró el habla a través del teléfono (1878), después el cable subacuático (1902), que permitió la comunicación transcontinental Londres-NY; la radiotelegrafía (1914), sin el uso de cables, de Cabo Haro, Sonora a Santa Rosalía, B.C.; se consumó la radiotelefonía (1919) desde un avión hasta una estación de Balbuena; la radiodifusión (1921), con el doctor Gómez en la ciudad de México y el Ing. Constantino de Tárnava en Monterrey, que transmitieron los primeros programas de radio; el teletipo (1930), en pleno Maximato, que arrolló impetuosamente a la clave Morse, tras 82 años de existencia, que ahora resultaba obsoleta; Miguel Alemán, el primer civil en la presidencia de ese siglo, inaugura la televisión (1950) con un informe presidencial; la radiotelefonía (1955), que comunicó a las ambulancias y las patrullas; luego el satélite “Pájaro Madrugador” (1968), que permitió a los ingenieros mexicanos transmitir las Olimpiadas; en los años ochenta dos discretos y utilísimos sistemas denominados télex y fax (1980), muy importantes en la administración de gobiernos y empresas; en los años noventa usamos unos eficientes radios “Nextel” en el equipo de reporteros, hasta llegar al internet (2000) y la transmutación de la telefonía celular a esa pequeña computadora desde la que puedes hacer básicamente lo que te dé la gana. Ir o quedarte, estar y no estar.

La era smart. Nuestro control remoto era como una caja de zapato, con palanquitas; ahora mi control toma decisiones sobre mi futuro inmediato –shhh, descansa en la mesita de la sala–. Leonard Kleinrock, que contribuyó en la creación de la red ARPANET, dice que el internet será tan común como la propia electricidad, que estará en todos lados, en las calles, las paredes, los coches y en las personas. Lo que yo digo es que eso ya ocurrió. Al menos aquí, en mi entorno, en mi ciudad, con mi gente. En You Tube podemos ver las condiciones vergonzosas en las que viven tantos habitantes de nuestro planeta, el vacío humano que ha provocado la prolongada corrupción del sistema capitalista que nos tocó vivir, que ya ha gastado hace tiempo sus reservas racionales y humanistas ilustradas para convertirse en un adefesio asesino e insaciable, que defiende la propiedad sin ningún límite al maltrato y la explotación.

No hay manera de imaginar un mundo feliz, es demasiado larga la cauda de imbecilidad que ahora se demuestra con pesimista evidencia científica. Sabes a qué me refiero, océanos contaminados, ríos y lagunas muertos. Stephen Hawking, por ejemplo, alertaba de que el internet podría terminar en un sometimiento de la especie. ¿No lo ha hecho ya? El propio Kleinrock prevé un peligroso futuro en el que ciudades o regiones enteras podrían quedar sin conexión, “creando un caos indescriptible”.

El artista de medios y curador con intereses en poética digital, sistemas autogenerativos e interactivos,  Simon Biggs, piensa que la evolución del internet podría encaminarnos a la extinción. Y que el mundo estaría mejor si nuestra especie no sobreviviera, como lo hemos podido comprobar en esta cuarentena con la tranquilidad de las ciudades, las calles apacibles, sin tráfico, sin smog, con el retorno de la fauna silvestre. ¡Bueno, hasta el río Atoyac ha tenido días con aguas transparentes! La única verdad de todo esto es prueba de que la naturaleza no nos necesita, por más que nos creamos los irremplazables del planeta. La enseñanza de esta cuarentena fue constatar que la naturaleza se sentiría mejor sin nuestra presencia, que no somos dignos habitantes de este noble entorno que depredamos sin piedad. Todos los seres humanos estamos involucrados. Tenemos la información para entender que cada vez que realizamos ciertas acciones, como consumir agua y tirar la botella –así de simple–, contribuimos a la destrucción del medio ambiente, a la contaminación de los ríos y los océanos; contamos también con la formación educativa para aceptar que no tenemos idea a dónde van a dar las llantas que sustituimos de nuestros vehículos. El plástico duro que sustituye al plástico blando ahora, en la era del ecologismo tupperware.

Como se ha comprobado en esta cuarentena, no se trata de dejar de contaminar, porque tendríamos que estar muertos para eso, sino de contaminar con cierto grado de conciencia; de bajar nuestra huella ecológica, de contribuir al esfuerzo mundial para combatir el calentamiento global que ya no es ningún futuro ni mucho menos. En casa descubrimos que necesitamos pocas cosas para estar bien. Aunque somos conscientes de que lo que tenemos –así sea el modesto Netflix–, es mucho frente a un mundo con tanta necesidad. No necesitas ir muy lejos para comprobarlo.

Mi “activismo” ciudadano deja mucho que desear porque no existe en realidad, pero tal vez así comienza, con una angustia como la que me causa el deterioro del medio ambiente, la contaminación; muchas de nuestras costumbres y otras cosas imprácticas de los gobiernos de las ciudades; por ejemplo, hay mucha basura. A los gobiernos municipales parece no molestarles que existan lugares sucios y abandonados de las ciudades sin que nadie, ni autoridades, ni vecinos, ni ongs resientan que existen esos vergonzosos basureros que forman parte, además, del proceso de calentamiento global. En mis caminatas semanales en las que subo por avenida Nacional hasta la plaza Crystal, hay por lo menos dos basureros banqueteros estables (el puente del río San Francisco un kilómetro antes de unirse al Atoyac, tierra de nadie) y otros tantos espontáneos que aparecen cada semana.

Más penoso pensar en el sistema agrícola y ganadero que hace posible el bestial consumo de carne a escala global; esos sistemas  que producen cantidades bestiales de alimento para alimentar a multitudes surrealistas de ganados vacunos y porcinos que terminamos comiéndonos los carnívoros. Se consumen 75 hamburguesas cada segundo, 15 mil millones al año. De tacos mejor ni hablamos. El panel intergubernamental sobre cambio climático, IPCC, asegura que la agricultura, la ganadería y la silvicultura generan 23 % del total de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) cada año.

“¡Nos vemos en el bar de las alitas de pollo!” Una orden de alitas estándar de diez piezas equivale a cinco pollos que fueron descuartizados para mi deleite personal. Las alitas de pollo representan un mercado anual de 4,500 millones de dólares a la industria avícola. “¡Otra orden, por favor!” Me incomoda mi participación en el trato cruel y la triste vida de los animales sacrificados; los pobres pollos sin plumas y  miles de adefesios biotecnológicos animales y vegetales para mantener mi dieta colonizada cada día de mi vida, desde que nací hasta que muera. También produzco desechos orgánicos a diario.

Nadie gana mientras el virus errante se difunde por nuestra patria en donde nada es demasiado importante para que lo discutamos con seriedad republicana, pero cualquier chisme puede adquirir una dimensión apocalíptica y desatar pasiones irracionales.

Mi conclusión es sombría, pero gracias por invitarme.

 

 

Este texto lo elaboré para Mundo Nuestro por expresa invitación de Sergio Mastretta a escribir sobre nuestra vida en la cuarentena.

 

 

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jueves, 23 de julio de 2020

Cuacuololote contra metal


El hombre no me dio su nombre, a pesar de que se lo pedí, pero me dio algo más importante, me dio un conocimiento acumulado por medio siglo que este amable bosquecino derrochó con el visitante; todos hemos conocido a esos personajes de nuestra vida que resultan ser autoridades en esto y lo otro. Este hombre, que llamaré Gonzalo, me habló esa tarde de marzo de 2007 de las calidades de la madera regional y de sus diferencias.


No trabajo tanto la parota –dijo–. A veces el cuacuololote, que es madera buena, su madera no se pudre, porque el pino es para un tiempo nada más. La parota se consigue en Ometepec, le sale la tabla como en cien pesos, es lo más caro. Se presta para trabajar, pero es muy dura, la bestia no la…Yo a veces hago mesabanquitos para la escuela, butacas, vaya. Banquitas para la iglesia, para la capilla. También puertas y ventanas. Ahora se les hace caro, por eso usan metálica, pero la metálica se agujerea, necesita estarla pintando cada año, se oxida y donde se oxida se hacen los hoyos, donde le cae el agua. Por ejemplo ahí, mire, no vamos lejos. Como le pega el agua está así. La madera pienso que es mejor. A veces llegan con diez tablitas, quince tablitas, y a veces cuando uno tiene, las agarra para ver si se hace algo con ellas. La parota es de Juchitán, para acá, para Marquelia, todo por ahí. De ahí es, Rancho Alegre, son los lugares de la parota. Tarda, yo tengo unas puntas de cuacuololote de cuando tenía unos quince años que mi papá sembró, yo tenía 11 años; ahorita llevo 62 años, y la madera está como si nada.

Esa es cuacuololote –dijo señalando la madera en las vigas sobresalientes de las casas de Tlacoachistlahuaca, Guerrero–, la madera más usada aquí, o el encino, cada quien busca, digamos, la madera que más o menos le vaya a durar para que no esté cambiando cada año. La madera les dura mucho. Si usted le pone, por ejemplo, una pajilla de pino en lugar de cuacuololote, le dura mucho esa pátina, al natural, solamente le ponen el aceite quemado de coches, que se le sacan a  los carros cuando le hacen el cambio de aceite. Se conserva así.


Y las casas son de adobe –Gonzalo señaló el adobe desnudo de las casas–. Los tablones vienen a veces de diez cm de grueso; de ancho, a veces vienen de 30, hasta de 40; de largo dos y medio; no hay una puerta más alta de dos y medio, los más miden a veces dos, dos diez. Si usted la encarga sí se la sacan, hasta de cuatro metros, de cinco. Hay unas maderas que olvídese, sobre todo para vigas.


¿Con qué construiría su casa, Gonzalo?

Me gustaría para poner la parota en una casa, la barnizan y le queda de lujo. Bien barnizada se ve usted cuando pasa caminando. Ya bien lijado, ya le avientas el sellador ya le avientas el barniz y queda muy fino.


Aquí hay mucho carpintero, muchos, como unos seis. Yo lo que a veces hago son pisos de camioneta, es lo que más me cae. Los pisos. Voy a invertir en poner mil pesos al piso de su camioneta, se usa tablón, más la caja de… sale ganando 800 pesos. Yo las he hecho a veces en un día. Más o menos la voy pasando. Tengo niños en la escuela, que quiero esto, y así la vamos pasando.


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lunes, 8 de junio de 2020

Mucho



La pieza con la que festejé mi sexta década se llamó Mucho, porque representa ese gesto de telegrafía visual, ese adjetivo que significa abundante, intenso, numeroso.
El adjetivo es excesivo pero la vida también lo es, por eso este año has ganado el premio Mucho –le escribí a mi amiga Angie–, por lo mucho que te quiero y la gran cantidad de dicha que te deseo. En fin, mucho.


Mi amiga Angie me respondió:


Gracias

“Aunque nos vimos un momento después de muchos años y podría parecer poco, es mucho porque el cariño de una amistad verdadera nunca puede ser poco. Me dejaste pensando en lo relativo a lo mucho y lo poco, sobre la intensidad de la vida y los sentimientos. Y creo que es mucho tener sentimientos tan auténticos y espontáneos... esos nunca pueden ser poco. Por el hecho de existir son mucho, son respiración, son existencia, son latidos de sangre que te hacen sonreír y, definitivamente, eso es mucho. El significado del "don" con rostro que le da vida... es mucho. Que sean más encuentros que llenen así, mucho, lo bonito la vida...”



Yo le respondí con una cita del suplemento Verne de El País sobre los clichés y las redes sociales:

“Uno de los clichés más repetidos sobre los italianos es que gesticulan mucho al hablar. Casi todos los no-italianos juntan las yemas de sus dedos y agitan la mano para imitarlos. Hasta en las películas. Ahora, ese ademán, ese gesto es también un meme: la frase How Italians… (Cómo los italianos…), seguida de una imagen en la que ese gesto se utiliza para cualquier cosa, se ha convertido en una broma recurrente en las redes sociales. Otros países también tienen sus versiones.” (Fragmento Verne, suplemento de El País)



Angie no entendió, seguía pensando en la abundancia que te otorga el sustantivo mucho. Me escribió de nuevo:

“Confieso que eso de pensar en "el mucho" en mi vida se apareció varias veces en mis días en forma de reflexiones, sentimientos, trabajo, necesidades, comida...
incluso nostalgia, inconformidad, propósitos y sueños.

En un principio el tiempo de lo mucho que me pertenece es pasado, mucho amor en el que he crecido, mucha familia con quien compartirlo, muchas experiencias fuertes que me han forjado; la oportunidad de estudiar, que no es poca; mucha suerte en el trabajo, muchas personas increíbles e interesante cada día, etcétera.

Luego el tiempo de mis muchos se difuminan como una especie de polvo de oro y cambian de forma, en muchos deseos de movimiento y de disfrute, de transformación; en mucha inconformidad y deseos de mucho más.... Aceptar que mi alma es inquieta, incluso que ella pareciera no saber a dónde ir, porque quiere muchas cosas y muchas direcciones por donde caminar, quizá desorientada desde afuera, más interesada en descubrir lo mucho que cualquier camino le puede mostrar.”






Mientras escribo María Victoria canta aquel viejo bolero de Juan Bruno Tarraza que debe ser un himno al atasque del amor y la pasión, empujadito con los gemiditos de la diva:



“Es que yo te quiero mucho,
mucho, mucho, mucho, mucho,
te adoro sin pensar, si correspondes tú…”





Hay mucho que decir sobre mucho. La parte oscura de los muchos está en la abundante violencia con la que soportamos cotidianamente como seres humanos, mucha crueldad y resentimiento, exceso de violencia, de violaciones, de crímenes inútiles, gratuitos. Y últimamente virus. Primero biológico, después político, periodístico, geográfico, económico, científico, ecológico, buscando prudentemente no terminar en las primeras planas en modo estadística. Todos son virus letales.

En este confinamiento civilizado que hemos llevado a cabo por dos meses ha habido mucho de todo, destaca la sobreinformación de coronavirus que nos viralizó y una vez más nos muestra el fabuloso poder de esa telecomunicación que llegó para cambiar nuestra forma de vivir, de mirar, de pensar; ahora estamos comunicados, conectados, en cierta forma acompañados. Me refiero al internet. Para bien y para mal. Después de un mes de confinamiento he podido seguir trabajando y haciendo lo habitual. Saturado como las otras habitantes de la casa  de información del Covid-19, pero entretenido en mis trabajos reales, atendiendo páginas de internet, blogs, leyendo las crónicas de las ciudades y los encierros y los vacíos y la desolación.

Creo que esa comunicación tiene muchas virtudes, tiene la grafía elemental de los idiomas pero agrega el signo como comunicación efectiva, escribe también en estadísticas, en gráficas, fotografías y selfies; nos permite también escribir y expresarnos de muy diversas maneras. Con solo apretar pequeñas teclas, comunicamos a escala global palabras, imágenes, grabaciones, videos, películas y emoticones; cualquier cosa que pueda ser convertida a lenguaje binario digital. Transmitimos humores, educación, cultura, risas, vulgaridades, bulos, venganzas, chismes y más emoticones –ora en forma de mano, de carita, de cosas estúpidamente humanas– que nos señalan rutas que seguimos obedientemente, definiendo nuestras personalidades que al poco nos son recordadas por Google: “a ti te gusta esto”, y es verdad que me gusta; así se van definiendo todos nuestros placeres y gustos, demandas y disgustos, y ahora estoy tan conectado todo el día que esa comunicación es una parte vital de mi vida; sin ella, si me quedara sin internet y nadie volviera a buscarme, a escribirme tonterías, memes, emoticones, mi vida sería diferente.

Contradiciendo ese precepto de que ahora nadie lee y menos escribe, creo que ahora leemos y escribimos todo el tiempo, respondemos mensajes, señales, correos y whatsApp; en poco tiempo nos hemos convertido en seres humanos eléctricos. Haber vivido la mitad de mi vida sin internet, me hace, además de un viejo, una ser que utiliza de manera diferente su inteligencia a como lo hacen los jóvenes que nacieron bajo el imperio del ordenador.

Me desespera su desinterés en el mundo analógico de sus ancestros, ese pasado al que pertenecieron generaciones de Mendoza que los ata aun a su pesar. Me desespera no acabar de explicarles que existió un Agustín Lara o el danzón o el cine de Fernando de Fuentes; la vida no comenzó en 1980, como piensan, sino que hubo un 68 en Tlaltelolco, un 61 en Puebla acompañados ambos de largas cabelleras, minifaldas y pachule. Que existió el Siglo XX en el que cometimos algunos errores.

He sido un hombre cuyo intelecto ha sido movido por la memoria; fuera de alguna pose en la que me quiera ver muy moderno, he estado pensando seriamente en si me conviene o no seguir conectado a esto que te digo.

O si,  tal vez, ya no hay vuelta atrás.

Después de los sesenta se convierte uno en candidato al panteón, inicia una bajada, una salida, una muerte invocada; una década antes comenzó el deterioro, las uñas se me hicieron frágiles, muchas de las pequeñas dolencias se convirtieron en males crónicos; diez años después soy un catálogo de curiosidades fisiológicas, pero bien, no es para preocuparse.


Es parte del descenso, fácil de imaginar en esta gráfica cartesiana de línea: aplanas la curva por ahí de los cuarenta y a los cincuenta comienza el descenso. Cuando finalmente llegas al piso has triunfado. Eso es todo, muchas gracias por participar.

El coronavirus me ha parecido dolorosamente dirigido; no digo que sea la estrategia de nadie, pero la inclinación natural de este virus es la de acabar con miles de habitantes del planeta, de preferencia ancianos, infectándoles los pulmones. Este virus es como una especialización de mal gusto en un negocio turbio de la Santa Muerte, “mándeme un virus para deshacerme de los calvos, por favor”. En Europa volvería a ser una calamidad. Como sea, acepto con humildad que el burócrata de la salud que me atendiera en esta contingencia me hiciera a un lado de la cama con ventilador para poner a un  joven ahí, aun cuando llegué temprano. Lo acepto y ya, no veo para qué hacer un escándalo.



Pero el virus me ha parecido una canallada.

lunes, 27 de abril de 2020

Memoria del futuro



Vi en Netflix un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, se trata de la perspectiva de cuatro pueblos del medio oeste estadounidenses sobre la segunda guerra. El documental es del año 2007, pero las entrevistas fueron hechas años antes, ocurrieron en los años noventa, los entrevistados, soldados en Francia y en Japón, a sus 75 años todavía rebosaban salud y pudieron ofrecer unos testimonios  cristalinos. La historia de decenas de jóvenes de cada uno de esos pueblos que murió o sobrevivió a la guerra (The War, de Ken Burns y Lynn Novick, 7 capítulos de hasta 2:30 h de duración)

Lo muy destacado en materiales como este es el uso de entrevistas muy anteriores a la fecha de realización de 2014; entrevistas hechas en los años noventa con ancianos que ofrecieron versiones verosímiles de su participación en la segunda guerra (1939-1945).

Sin ese archivo no hubiera sido posible este documental, no existiría. Eso refuerza la necesidad de grabar ancianos sobre sucesos coyunturales de sus vidas, de las ciudades y regiones interesantes a la Historia. La idea del club de los recuerdos tiene esa perspectiva de las entrevistas que va recopilando; las entrevistas no tienen que ser un recurso inmediato, pueden ser para uso del futuro. Para los amantes de la memoria que habitarán la enrarecida atmósfera del mañana.


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jueves, 2 de abril de 2020

Trinidad Trifásica


de la Biblia Suavia

Manuel de Santiago me invitó a escuchar la conferencia de una doctora sobre arte virreinal, fui esa noche a la biblioteca Lafragua, de la que Manuel era director. La doctora Consuelo Maquívar1 habló de la Santísima Trinidad, un tema recurrente en la que aparecen el padre, el hijo y el espíritu santo (el viejo griego, el joven romano, el palomito blanco).


Además de la representación clásica, Maquívar nos explicó que hay dos representaciones trinitarias más: la antropomorfa –tres sujetos parecidos– y la trifásica, tres sujetos en uno, apenas concebida, antes de ser prohibida por la Inquisición. Mientras hablaba la especialista en aquel maravilloso recinto de 1587, cuando la Biblioteca Lafragua era el Colegio del Espíritu Santo de la Compañía de Jesús;  comenzaron a fluir imágenes de trinidades trifásicas que se formaban y se deformaban en mi mente, rodeado por 90 mil volúmenes, algunos de ellos incunables, y un recuento inmejorable de cada siglo colonial. Como un  remolino sobre mi cabeza comenzaron a llegar. Seis ojos, tres bocas, tres narices.


La plática fue iluminadora, cuando salí de la hermosa biblioteca Lafragua, en el centro de Puebla, conmocionado por la cantidad de formas posibles que me vinieron a la mente como un ataque aéreo de trinidades trifásicas –seguramente por prohibidas–, caminé por la acera reducida por el último terremoto de la iglesia de la Compañía en la que me detuve, una vez más, a contemplar sus estatuas. 


Es una iglesia muy inspiradora con su veintena de esculturas realistas de palpable calidad. Santos y santas que casi te hablan, ojos suplicantes, muy verosímiles.

En bruto –planifiqué sentado en una banca–, unas dos docenas de imágenes de barro de treinta cm de diámetro conteniendo trinidades trifásicas, tres rostros en una cara, cristos bizarros comenzaron a aparecer en cuanto metí mis manos en la humedad del barro.
Después de masticar ideas y hacer dibujos, me puse a trabajar en la elaboración de la serie de piezas de barro que buscan explicar, tres siglos después, las razones de la Inquisición para prohibir la Trinidad Trifásica.
La investigación de la doctora Maquívar nos ilustra sobre la importancia de la iconografía religiosa en los propios gremios castigados por la modernidad, como el de los artesanos poblanos, los alfareros, los herreros, los vidrieros, que en la ciudad casi han desaparecido; inspiraciones como esta representación prohibida sobre la trilogía celestial, que pueden dar cause a movimientos artísticos identitarios que, como en Oaxaca ocurrió con Tamayo y sobre todo con Toledo, que supieron sembrar una base social para la reproducción del arte –y ahí detrasito la artesanía–, que cada año nos sorprende con innovaciones y evoluciones; puede ocurrir aquí con la riqueza documental que tiene Puebla en sus bibliotecas y archivos. Ese volumen de depósitos históricos poblanos tiene la envergadura para producir un renacimiento del arte en esta entidad, su amplia temática histórica. El Archivo Histórico Municipal o las numerosas bibliotecas serían un aliciente natural para la inspiración poblana que, por desgracia, no vemos en la oferta real. Basta ver las escasas ferias de artesanías. Las artesanías quedaron como suspendidas en el tiempo.
Este trabajo sobre la Trinidad trifásica une la historia con la plástica y se presenta lo mismo como arte de barro que como expresión histórica y antropológica sobre la mentalidad de aquellos artistas novohispanos que de buena fe especularon en cómo sería el semblante de la Trinidad e hicieron monstruosas representaciones que asustaron a la autoridad.
¡Ten piedad de mí!

Una temática muy vigorosa la del arte colonial que, como en este tema, el arte poblano puede aportar e ilustrar e inspirar porque hay mucho qué ver y encontrar en el arte y la historia colonial. 

 La historia puede contener ideas muy refrescantes para el arte y las artesanías poblanos.


La Inquisición entró en acción. Era demasiado tarde.


1 Consuelo Maquívar, De lo permitido a lo prohibido. Iconografía de la Santísima Trinidad de la Nueva España, INAH. 2002.



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